La relación entre infraestructuras y sociedad no siempre ha sido ni fácil ni simple. Esta consideración la confirmo después de leer "Urgell. La febre d’aigua" (Editorial Proa, 2024), la historia novelada de Vicenç Villatoro que narra la epopeya de la construcción del Canal de Urgell.
Esta obra, iniciada a mediados del siglo XIX, se llevó a cabo en un territorio afectado por las turbulencias políticas y bélicas de la época. Fue promovida y financiada por un grupo de empresarios que creyeron en el proyecto de transformar una zona de secano, árida, yermo y poco productiva en un territorio fértil gracias al riego. Las confrontaciones entre realistas y carlistas, y entre liberales, conservadores y proteccionistas dificultaron la realización del proyecto, como se explica minuciosamente en la obra mencionada.
Pero en la sociedad de Urgell no todo el mundo aceptó el proyecto, y la ciudadanía se dividió entre favorables y opositores con posiciones irreductibles por principios en parte ideológicos. La construcción no fue fácil y acentuó aún más las posiciones. Y las diferencias continuaron en la explotación de los regadíos. Cabe decir que, mientras el Canal de Urgell se construía por iniciativa de unos emprendedores, el canal de Isabel II lo hacía con recursos del Estado, lo que conllevaba un agravio territorial.
¿Cómo resolver el conflicto?
Partidarios y detractores ante una infraestructura destinada a mejorar la competitividad y la calidad de vida de los ciudadanos. Una situación de hace casi dos siglos que se reproduce hoy. ¿Qué criterios y valores hay que compartir para evaluar los proyectos? ¿O las posiciones son por principios?
La cuestión a menudo plantea más preguntas que respuestas, pero me atrevo a exponer sucintamente dos. En primer lugar, son necesarios estudios técnicos sólidos realizados por expertos sobre los costos y beneficios del proyecto de una infraestructura. En todos los aspectos, e incluyendo los impactos medioambientales tanto a corto como a largo plazo. También los mantenimientos y sus costos. Los impactos en los consumos energéticos y en la huella de carbono.
El segundo factor que hay que considerar es la comunicación a la ciudadanía y la explicación y divulgación del proyecto hasta lograr alcanzar el consenso más amplio posible. Contra prejuicios o “juicios a priori”, razonamiento, explicaciones y argumentos. Quizás los argumentos técnicos reservados a los expertos no son suficientes y hay que llegar al corazón de la ciudadanía.





